Sonntag, 11. Februar 2024

Gardel en Nueva York - Prólogo



Prólogo
by Terig Tucci with annotations by Camilo Gatica and José Manuel Araque


Terig Tucci es un viejo y querido compañero que los colombianos aficionados a la música popular, y aún los que se especializan en música típica de Colombia, lo tienen siempre presente en sus recuerdos.

En los discos fonográficos que en los años correspondientes a la década de los treinta se pusieron de moda, aparecía con frecuencia su nombre. Y muchas veces como director de una “estudiantina” que revivía las glorias ya casi fenecidas, de los grandes autores de principios de siglo en el país. Pedro Morales Pino y Luis A. Calvo, Emilio Murillo y Alejandro Wills, Fulgencio García y Jorge Rubiano.

Ellos y otros, igualmente apreciados por el romántico público de entonces, hicieron en la capital colombiana la época de oro de las “estudiantinas”.

Las “estudiantinas” eran orquestas típicas conformadas por instrumentos criollos, guitarras, bandolas y tiples, fundamentalmente y ocasionalmente, violines y chelos.

Las “estudiantinas” animaban el ambiento de los piqueteaderos, en donde alternaban entre versos y licores, los poetas de moda, cuando los poetas de moda tenían categoría de ídolos populares, y eran entonces lo que los ciclistas campeones de la Vuelta a Colombia, o los “craks” futboleros. En sus cuerdas bohemias retozaban las melodías criollas y las canciones románticas que sentaron la base del acervo musical colombiano.

La más famosa de las “estudiantinas”, la “Lira Colombiana” de Morales Pino, viajó por los países del Centro de América hasta los Estados Unidos, y se desintegró en Nueva York. Wills y Escobar, los más célebres intérpretes de los bambucos de entonces, fueron también a Nueva York a grabar discos acompañándose de tiple y guitarra que ellos mismos ejecutaban y de un violín dulzarrón y sentido que pulsaba Miguel Bocanegra, quien allí se quedó viviendo y fue luego uno de los principales colaboradores de Tucci.

Los discos de Terig Tucci recogieron el aliento perdido de esos años lejanos, ya con estatura de recuerdo. Y con base en aquellas tonadas sentimentales, su director compuso otros temas que se sumaron al repertorio colombiano como cosa propia y que aún se ejecutan y hasta se bailan cuando en el salón hay una pareja sentimental y animosa.

La forma de ejecución de la Estudiantina Tucci. Su extraño “sabor” a cosa nuestra –Habló en Colombiano antes de llegar al Tucci continental–, creó escuela, y superó, si se quiere, la elemental orquestación heredada de antaño.

Como que muchos años más tarde, por allá en 1954 o 1955, algunas casas fonográficas de Colombia, al revivir la moda de los pasillos y bambucos en versión de “estudiantina”, copiaron con más o menos exactitud las orquestaciones y arreglos de Terig Tucci y hasta regrabaron algunos títulos que en sus discos se hicieron famosos.

Automáticamente pues, Terig Tucci se incorporaba al grupo más querido de músicos “colombianos”, de los que se distinguieron como interpretes y autores de la música interiorana, y se los nombró junto a Briceño y Añez, a Sonia Dmitrowna –María Betancourt de Cáceres, residente hoy en Mendoza (Argentina) –, a los Hermanos Hernández, a Sarita Herrera y a Federico Jimeno, a Ladizlao Orozo y a Alejandro Giraldo, quienes por cierto grabaron como vocalistas de su grupo en algunas ocasiones. Y sus versiones instrumentales se identificaban con los mejores momentos del pasillo y del bambuco.

Fue así como se hizo su nombre compañero querido en festejos y en parrandas. En tertulias amigas, en bailongos y en veraneos.

Así. Y con los tangos.

Porque también con los tangos hizo época Terig Tucci, en Colombia y en América.

Su orquesta acompañó a Agustín Irusta en una serie de canciones que fueron toda una época de la canción argentina, luego de la muerte de Carlos Gardel, y cuando Irusta acababa de dejar el Trío Irusta-Fugazot y Demare y se lanzaba como vocalista independiente.

Precisamente un tango canción de Gardel y Lepera, póstumo, fue grabado por el ruiseñor rosarino con el respaldo de la orquesta de Tucci, definitivamente “Gardeliana”. Aquello de “La llama alienta la chimenea…”

Y fue por los cafetines de tango, también, el nombre de Terig Tucci, en estas regiones.

Lo envolvía la leyenda. Se ignoraba su importancia creciente en el mundo musical de los Estados Unidos. Algunos suponían que lo de Terig Tucci era realmente un seudónimo que cobijaba a alguno de los grandes músicos que colaboraban en las emisoras norteamericanas en los primeros años de la radiofonía, cuando abundaron las audiciones en castellano o cuando el Departamento de Estado, en tiempo de guerra, patrocinó programas destinados a elevar la moral de los países democráticos.

Después comenzaron a publicarse pequeñas biografías suyas.

Y con la llegaba de lo discos de larga duración, y el renacer de la discografía, casi por completo anulada en los tiempos de oro del a radio y en el colapso de la segunda guerra mundial, otra vez Terig Tucci volvió a las listas de discos como figura de actualidad. Y sonaron triunfalmente de nuevo sus orquestaciones gigantes con ese revestimiento lujoso que daba a las melodías latinas. A los tangos, a los pasodobles, a los pasillos, a los cantos de su pampa argentina, a los aires peruanos y ecuatorianos.

Su hoja de vida es brillantísima.

Orquestador, Director de Orquesta y Consejero de música latinoamericana durante once años, a partir de 1930, en la National Broadcasting Company.

Alternaba entonces como director de la orquesta de Internacional General Electric de Schenectady, N.Y., la onda que tan trascendental labor cumplió cuando la radiodifusión nacía. Y como tal estuvo entre los años 30 y 40.

Desde el mismo año de 1930, hasta 1959, estuvo íntimamente ligado a las grabaciones de discos de música latina de RCA Víctor y Columbia.

Entre 1939 y 1941 se ocupó de transcripciones de programas radiales para World Broadcasting Company. Y en ese año de 1941 fue nombrado Director Musical de la Cadena de las Américas de la Columbia Broadcasting System, cuando nos llegaban como mensajes de una paz, fervientemente deseada, las voces de Arvizú, de Elsa Miranda, del Charro Gil y sus Caporales; de Néstor Mesta Chayres, de Eva Garza, de Reinaldo Henríquez. Allí estuvo hasta 1947. Y durante un año fue el Director Musical de Macy’s Latin American Fair. (1941-1942).

Después, durante diez años, hasta 1957, hizo trabajos comerciales en la National Export Advertising Service, y luego se vinculó con Coca Cola dirigiendo entre 1948 y 1949 sus célebres programas latinoamericanos que llegaban en discos grandotes, con voces consagradas, a las más importantes emisoras del nuevo mundo.

Entre 1951 y 1959, fue Director Musical de la división latinoamericana de La Voz de América. Y entre 1953 y 1957, comentarista y crítico musical de la World Wide Broadcasting además de haber colaborado intensamente con fondos musicales para películas documentales sobre América Latina, por encargo de las Naciones Unidas.

De toda esa labor, amplísima y meritoria, hay algo que Terig Tucci recuerda con especialidad por las circunstancias en que se desarrolló y la trascendencia que tuvo el hecho en sí y todo lo inesperado que habría de seguirle.

El acompañamiento a los discos de Carlos Gardel, los postreros, los que grabó en Nueva York entre los meses finales de 1934 y primeros de 1935.

Gardel Había de dar un vuelvo a su carrera artística.

Durante más de veinte años de actuaciones en Europa y en su país, había llegado a obtener un lugar de privilegio en el mundo de la música ligera. El “hizo” el tango canción. Lo “creó” en el momento mismo en que una noche lejana del año 17 resolvió cantar en el Teatro Esmeralda, “Mi Noche Triste”, dando un vuelvo a las opiniones que se tenían sobre esas letras medio tristonas, amargosas, y frívolas que se llegaban como ecos pecadores de Palermo y de La Boca hasta el centro asfaltado del viejo Buenos Aires. Y luego lo llevó de la mano, personalmente, entre aclamaciones, por todo el mundo.

Pero quería ampliar su radio de influencia. Y quería vestirlo con un traje más universal –A pesar de que él insistiera en un traje de gaucho de utilería, que nada tenía que ver con sus canciones– con acompañamientos más ambiciosos y universales.

Con su viaje a Estados Unidos, ese sueño comenzó a concretarse en feliz realidad. Cambió de casa grabadora y realizó 22 registros que consolidaron definitivamente su prestigio de “número uno” y que, aún por quienes consideran su etapa y su influencia canceladas desde hace años, son tenidos como ejemplo, como modelo de elegancia interpretativa y de acierto musical.

Tangos, canciones románticas, foxes, rumbas, jotas, aires provincianos de la Argentina, compuestos para él especialmente casi todos; versificados por el talento inmenso de Alfredo Lepera, convertían a Carlos Gardel en un “chanssonier” de proyección mundial, en un par de Chevalier y de Al Jolson, sin dejar de ser, y en este punto estriba el mayor mérito de quienes lo asesoran y dirigieron, un tanguista exquisito y completísimo.

Esas grabaciones contaron con la colaboración de Terig Tucci. Él fue quien estuvo al lado del cantante. Quien lo dirigió y “entonó”. Quien le dio esa marca de inmortalidad a tales discos que dejaron atrás, como cosa antigua y valiosa simplemente por su actuación histórica, cuanto Gardel había hecho en material discográfica.

Y lo que hubo tras ellas. El ambiente en que se crearon. La vida que el artista vivió cuando las hizo. El marco que acompañó su realización, se abre ahora al conocimiento de los gardelistas de todo el mundo, en este libro escrito precisamente por Tucci, apasiónate y apasionado.

Cuando Gardel terminó esos discos, arrancó otra vez en su peregrinaje americano. Y se fue a Sur América en busca de su destino final.

El viaje terminó trágicamente, en el aeropuerto de Medellín, a pocos metros de donde terminamos de escribir estas líneas. Donde un golpe de fatalidad unió, en tremenda eclosión que aún encandila el recuerdo, el 24 de junio de 1935.

Y los nombres de esos personajes habían compartido el corazón durante meses para crear un pequeño mundo de canciones deliciosas hasta finalizar con “Apure Delantero Buey”, van juntos en la nostalgia de las músicas nocturnas. Se prolongan en los lamentos amanecidos de los tangos tristes y los pasillos juguetones. Viven en la tertulia amiga. Caminan de la mano por las calles del cancionero popular, y encienden con la luz de los aviones quemados, la añoranza y la anécdota que engendran la evocación y la leyenda.

Carlos Gardel y Terig Tucci.

Los dos juntos. Como en este libro que es un homenaje al ausente. El pago de una deuda con un público ávido de detalles sobre todo lo que fue la intimidad profesional del zorzal inolvidable.

Y un evangelio sobre las cosas de antes.


HERNAN RESTREPO D.