Sonntag, 11. Februar 2024

Gardel en Nueva York - Nota del autor



Nota del autor
por Terig Tucci con anotaciones de Camilo Gatica y José Manuel Araque


Hacía menos de tres meses que Carlos Gardel y su comitiva habían salido de Nueva York en una gira artística por Puerto Rico, Venezuela, Colombia.

En esos días de verano, mientras esperábamos el regreso de nuestros artistas, mi esposa Lola y yo disfrutábamos de unas vacaciones en Playa de Long Beach, en las afueras de Nueva York. En la habitación del hotel, la música de un receptor de radio prestaba su somnolencia a la tarde estival.

Ese día, 24 de junio de 1935, nada hacía presentir la tragedia en que nos veríamos sumidos en pocos instantes.

Felices, repasábamos los grandes planes de trabajo que habíamos preparado con Gardel. Se habían hecho cuatro películas y un boceto dramático-musical para la Paramount y todo estaba organizado ya para el rodaje de otras dos películas del mismo sello, una de las cuales, provisionalmente titulada “El camino de nuestra casa”, se basaba en un poema póstumo del mismo nombre de Evaristo Carriego; la otra, una película de largo metraje que haríamos en Hollywood y que debía seguir a su boceto “Apure delantero buey” del film “The Big Broadcast of 1936”, con el cual la Paramount presentaba a nuestro artista al público norteamericano. También habíamos acordado con Gardel que, a su regreso a Nueva York, haríamos el viaje a Hollywood en automóvil – Podríamos así visitar algunos de los grandes Parques Nacionales del “Far West” y en particular, el Gran Cañón del Colorado, sobre el que habíamos tenido largas conversaciones.

Cuántas cosas soñábamos ese día, el 24 de junio de 1935...

De pronto cesa la música. Y surge aterradora la catástrofe, el despiadado golpe que había de truncar el curso de su vida, de nuestras vidas. Y oímos una voz leyendo un boletín especial…

“En un accidente de aviación en Medellín, Colombia, ha perecido en las llamas el cantante argentino Carlos Gardel”.

Incrédulo, anonadado por la terrible noticia que acababa de oír, apagué el receptor y llamé al “New York Times” La noticia fue confirmada. Agregaron que al impacto del choque, cuando el avión estalló en llamas, se abrió una de sus puertas y algunos pasajeros pudieron escapar al holocausto. Habían sido trasladados al hospital.

Con la remota esperanza de que nuestros artistas se encontraran entre los sobrevivientes, envié un telegrama a Carlos Gardel y otro a Alfredo Le Pera, mientras esperábamos ansiosos.

Una hora después, un llamado de la oficina telegráfica, escueto, aterrador, confirmó nuestros temores.

Todo había terminado.

En un día, un instante, el sueño tan celosamente alimentado, se convirtió en una pesadilla por un golpe cruel del destino. La brújula de nuestra trayectoria terrestre se desvió en las cenizas de la tragedia absurda, en la desesperanza del inferno dantesco.

Cuanto tiempo ha pasado desde entonces… A pesar de los años transcurridos, la figura de Carlos Gardel lejos de disminuir, se agiganta cada día más, propulsada por el noble legado de su arte – el recio puntal de su bien merecida fama.

Habiendo tenido el privilegio de colaborar con él y de haber sido partícipe de sus emociones e inquietudes, deseo con este libro rendir un modesto homenaje a la memoria del gran artista, reviviendo en mi corazón los ya lejanos días de su permanencia en los Estados Unidos.

Y se agolpan los recuerdos que comienzan a deshilvanar retrospectivamente los eventos de esta etapa de su vida.

Recuerdo la llegada del zorzal criollo a tierras norteamericanas, diez y ocho meses antes de la tragedia, cuando casi intentó escapar de los rigores del invierno neoyorquino… recuerdo su debut en la National Broadcasting Company, la gran radioemisora norteamericana, por cuyas ondas alcanzó Gardel su primer gran triunfo en los Estados Unidos; sus labores cinematográficas con la Paramount… sus grabaciones con la Víctor… el estreno apoteósico de “Cuesta abajo” en el Teatro Campoamor; las interminables caminatas por Broadway... los largos paseos por el Parque Central… la excursión a la Estatua de la Libertad. Recuerdo su pasión por los niños y los animales… su cordialidad ante sus nuevos amigos norteamericanos. El inmenso –cuanto inesperado– interés de Gardel por la música sinfónica, Arturo Toscanini, la Orquesta Filarmónica… su afición a la ópera, el teatro, el cine… las visitas a los cabarets El Chico, Don Julio, Cotton Club… y, por encima de todo, recuerdo su insaciable curiosidad intelectual, su chispeante buen humor… y también sus horas de desaliento.

En las páginas que siguen hablaré de Carlos Gardel, el artista y el hombre, como lo conocí, como lo admiré, proyectado sobre el fondo artístico y social del medio en que vivió durante quince meses. El propósito de este libro no es reseñar las incidencias de su vida diaria en Nueva York; si no, más bien, rememorar y valorar sus labores, sus horas de febril creación, sus horas de triunfo – que sabía compartir noblemente con sus colaboradores. Y también sus horas de incertidumbre, en las que el excelso artista, aquilatando sus últimos esfuerzos creativos, se sentía oprimido por la duda.

Tampoco podría, en justicia, omitir las incidencias que iluminaron sus días de Nueva York sin menoscabar las irrefutables muestras de ingenio y buen humor que lo distinguían.

Tomaré de mi galería de recuerdos las impresiones que guardo de él; de su enorme curiosidad, que le hacía preguntar eternamente mil cosas; de esto, de aquello… de todo. De cuando su inquisitiva mente, en constante búsqueda de explicación, interpretación, justificación, sometía a dura prueba mi limitada exégesis.

Trataré de presentarlo fielmente y sin retoques. Con la percepción del lente fotográfico, en el breve instante que la impasible objetividad de la cámara aprisiona en un retrato. Un retrato captado en momento de inocente inadvertencia, capaz de revelar facetas incógnitas del hombre y del artista.

No siempre halagador, tal vez; pero afectuosamente, siempre.

El intento que me anime es pues, relatar un capítulo de su historia, enhebrar una cuenta del rosario de su vida… Y si el objetivo que me propongo –descontando un inevitable porcentaje de entusiasmo– pudiera ser realizado siquiera en parte, me sentiré satisfecho y orgulloso de haber aportado un granito de arena al pedestal de esta auténtica gloria argentina, y de América toda.

No puedo terminar este preámbulo sin dejar constancia de mi deuda de gratitud hacia dos buenos amigos, el Dr. Iván Restrepo Fernández y el Sr. Omar Bravo, dos caballeros colombianos, quienes, con sus muestras de cordialidad y estímulo, me animaron a escribir este libro durante uno de los períodos más angustiosos de mi vida. Sin ese estímulo, este modesto trabajo no hubiera sido posible. A ellos, toda mi gratitud.