Sonntag, 11. Februar 2024

Gardel en Nueva York - Capítulo 1: La última semana del año



La última semana del año
por Terig Tucci con anotaciones de Camilo Gatica y José Manuel Araque


Nos encontrábamos en los últimos días de 1933. Hacía un frío insoportable. En general, el mes de diciembre no es extremadamente frío en Nueva York. Si bien las gélidas brisas del norte canadiense comienzan ya a hacer sentir en estas latitudes, las bajas temperaturas no aparecen hasta enero, para continuar luego casi sin tregua hasta bien entrada la primavera.

La última semana del año –de Navidad a Año Nuevo– es en todas partes una semana de compras, regalos, preparativos de fiesta… y ese espíritu festivo que domina el ambiente, excita… pero a la vez deprime.

Quizás en ningún otro rincón del mundo las características de estos días de tradicional celebración sean tan acentuados como en esta ciudad de Nueva York. La inmensa urbe, con su precipitado ritmo de vida, cobra una animación sorprendente, excepcional; sus múltiples fauces subterráneas vomitan una corriente ininterrumpida de humanidad, que invade las tiendas en clamorosa algarabía, desde las primeras horas de la mañana hasta bien entrada la noche.

Con la misma generosidad que los trenes arrojan el gentío a sus calles, la voracidad de sus entrañas los engulle nuevamente para dispersarlos de regreso a todos los rincones de la ciudad, con lo cual el pulso de la gran urbe adquiere una vez más su ritmo normal y se reajusta al milagroso equilibro del tropel de vida que circula por sus aterías.

Para nosotros esa semana fue particularmente ardua. Participábamos, como todos, en los febriles preparativos de las fiestas; además, en esos días llegaba Carlos Gardel, el zorzal criollo que había remontado el vuelo hacia cielos norteños para seducir al pueblo de los Estados Unidos con el hechizo de su arte y la palpitante belleza de su cancionero.

El barco en que venía con su pequeña comitiva –El escritor Alfredo Le Pera y el pianista Alberto Castellano (habían ido de Buenos Aires a Francia y de allí venían a Nueva York) – se había retrasado y no se esperaba su llegada hasta el anochecer. La compañía naviera había anunciado el retraso y nos ofrecía su amplia y bien caldeada sala de espera para substraernos del intenso frío del a tarde invernal.

El ambiente de esta sala, con sus cómodos sillones y grata calefacción, era apropiado para rememorar los acontecimientos que precedieron la llegada a tierras norteamericanas de Carlos Gardel. Y allí comienza el desfile de recuerdos…

Hugo Mariani, un joven y talentoso director de orquesta y violinista uruguayo, del elenco artístico de la National Broadcasting Company, gozaba de bien merecida reputación en el campo de la música latinoamericana. Uno de sus programas de más renombre si titulaba “El tango romántico”. Este programa se componía, en su gran mayoría, de música rioplatense –ambas márgenes del Río de la Plata– y algunas composiciones de otros países latinoamericanos. Este fue uno de los primeros programas latinos –si no el primero– de la entonces joven industria del a radiodifusión norteamericana.

Mariani dirigía, además, otros programas de carácter sinfónico y de concierto. Uno de ellos llevaba el título “Symphonic Rhythm Makers” que podríamos traducir como “Creadores de ritmos sinfónicos”. El requisito indispensable para la selección y arreglo del material destinado a este programa, era explorar ritmos nuevos, con el afán de penetrar en el ámbito de combinaciones sonoras, colores orquestales novedosos, contrastes de claroscuro; para lograr efectos ya brillantes y luminosos, ya turbios y sombríos, lo que hacía de esta labor de la paleta orquestal la atarea más fascinadora del mundo.

El gran violinista Remo Bolognini, se encontraba entonces en Nueva York, actuando como primer violín de la Orquesta Sinfónica Filarmónica dirigida por el maestro Arturo Toscanini. A Mariani le parecía demasiado atrevimiento pedirle al violinista argentino que viniera a formar parte de “El tango romántico”, un programa radial de música puramente típica criolla. Estaba yo seguro, sin embargo, que Bolognini aceptaría gustoso la proposición si la oferta se la hacía con el debido tacto. Se decidió que yo debía encargarme de la delicada invitación.

Cuando fui a visitarlo en su departamento de la calle 57 y Séptima Avenida, solo habían transcurrido dos o tres semanas de su triunfal debut en el Carnegie Hall, en el que Bolognini había ejecutado el Concierto en mi menor de Mendelssohn con la orquesta filarmónica dirigida por el insigne Toscanini. No había traspuesto siquiera el umbral de su casa, cuando me sentí sumido en dudas, por la descabellada misión que se me había encomendado; ofrecerle una parte en la pequeña orquesta típica de la NBC, después de su gran triunfo en Carnegie Hall.

Sin embargo, dada la vieja amistad que me unía al artista, logré vencer mis temores y subí resueltamente a su departamento. Esa misma noche Remo Bolognini formaba parte de “El tango romántico”.

Algunos meses más tarde, hacia junio de 1933, estos dos incorregibles bohemios –Bolognini y Mariani– decidieron hacer una gira por la América del Sur interpretando material nuevo, latino y norteamericano. Entre estas composiciones se encontraban un concierto para violín y orquesta en forma de jazz, de Roberto Braine, un distinguido compositor y pianista norteamericano, del elenco de la NBC; un arreglo orquestal mío, basado en el “Bolero” de Ravel y dos piezas populares cubanas, “El Manisero” y “Mamá Inés”, que gozaban entonces de inmensa popularidad. El arreglo, bautizado por Mariani con el nombre de “Bolerumba”, fue bien recibido en su estreno por las ondas de la NBC, y más tarde por el público de Buenos Aires y Montevideo.

Carlos Gardel era un viejo y querido amigo de Bolognini, desde los tiempos en que ambos en la flor de su juventud, ensayaban sus alas y se veían a menudo actuando juntos en los teatros de Buenos Aires y Mar del Plata. Era, pues, natural que al anunciarse el concierto de Bolognini en la capital argentina Gardel estuviera presente para abrazar a su viejo amigo y rememorar gratos momentos de la época en que ambos iniciaban sus trayectorias artísticas. En esa ocasión, Mariani le sugirió a Gardel un viaje a Nueva York para presentarlo al público norteamericano.

El grupo de capitalistas que financió sus películas en Joinville, Francia, había considera ya la posibilidad de que Gardel viniera a los Estados Unidos a filmar. Pero esas conversaciones no se habían concretado, limitándose a vagos planes para un futuro cercano, con visos de posibilidad pero bastante indefinidos.

La invitación de Mariani venció la indeterminación de Gardel. De pronto, el plan pareció no solo factible, sino deseable. Agréguese a esto la fascinación que la gran ciudad del Norte ejerce sobre los latinoamericanos, y se tendrá una idea del entusiasmo que despertó en Gardel la perspectiva de un viaje a Estados Unidos.

Y ahora, tres meses después, estábamos esperando su llegada de Buenos Aires al puerto de Nueva York.

La tarde gris se disolvía ante el avance del manto nocturno, borrando de nuestra retina las formas ingentes del gran puerto. Las luces, encendidas durante todo ese día breve y encapotado, se hacían ahora conspicuas, infundiendo al ambiento una atmósfera melancólica.

Por los altoparlantes de la sala una voz anuncia la llegada del barco. La gente se agolpa en las ventanas para observar las maniobras del remolcador, que ayuda a la gigantesca nave a atracar al muelle. Se colocan las planchadas. Subimos a bordo. Buscamos en la algarabía de la muchedumbre las caras familiares de nuestros viajeros. Por fin los encontramos y les damos la bienvenida, cordiales y efusivos, pero con esa cierta compostura de personas que acaban de conocerse. Si no fuera porque lo conocíamos tanto por haberlo visto en películas y en infinidad de fotografías, al verlo hoy con su aire tímido y receloso, nos hubiéramos preguntado con cierta incredibilidad: ¿Es éste Carlos Gardel?

Descendemos. Nos dirigimos hacia la calle, charlando ahora animadamente. Se aproxima un taxímetro. Notábamos entre tanto, que Gardel y sus compañeros a duras penas podían soportar el intenso frío de ese día de diciembre: cerca de 25 grados centígrados bajo cero, lo cual es mucho frío, aún para Nueva York. Castañeándole los dientes acierta a decir Gardel, con el más puro acento porteño:

– ¡Che, qué frío! ¡Rajemos, viejo! ¡Todavía estamos a tiempo!

Al momento, el resguardo del bien caldeado taxi nos hizo olvidar la gélida temperatura. Pocos minutos después estábamos en el famoso hotel Waldorf Astoria, en el que se hospedarían nuestros amigos.